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¿Fue un sueño o el 2° Jergas Fest sí sucedió? 
 
por Lucy Originales


Primera parte. 

Allí donde no creíste jamás encontrar vida, justo detrás de esos cerros amistosos en la lejanía, está Real de Catorce, sede del Jergas Fest.

Camino al Jergas.
La comitiva de Torreón partió el viernes a las 4:30 de la tarde para pernoctar en 
#Matehuala. De allí nos trasladamos por el camino de piedra que espera la luna para iluminarse, hacia la puerta de la dimensión desconocida con la expectativa de presenciar la evolución de un festival que en un inicio no tenía nombre y tuvo una primera edición austera. Hicimos fila afuera del túnel Ogarrio con los tours que llegaron de San Luis Potosí, Monterrey y D.F. al Jergas. El #túnelOgarrio se proyectaba como una quimera, un viaje al pasado, que de no ser por el registro gráfico (que han armado y compartido todos los asistentes por redes sociales), se pensaría en una línea de tiempo distinta a la realidad. No supimos, hasta pasados los días, que del otro lado del túnel nos esperaba una experiencia espiritual y léase con cautela lo siguiente: nada de lo que pudimos imaginar puede compararse con lo que vivimos todos los asistentes en ese punto de energía.

Bajo el manto rocker-old-feeling y el cielo que se abrió entre una amenaza de lluvia (que difícilmente hubiera mermado cualquier aspecto del evento), justo para bañarnos con la luz de un sol que se extinguía entre las nubes cargadas de un tono gris leyenda, se generó una especie de alucine musical colectivo.

Después de dejar maletas en un cuarto y pisar el Palenque, escenario del Jergas, hicimos un breve recorrido por el área de abastecimiento para las personas sedientas. Cerca de dicho paraíso, alrededor de las tres de la tarde, tuvimos un encuentro mágico con Jesús Guzmán, vocalista de
#Avatar
. El “Viajante del Universo” (como es conocido Jesús) habló del evento como un transmisor de energía, puesto que varias bandas llegaban a Real de Catorce empapadas de “la onda de las culturas antiguas, las culturas védicas” por lo cual mencionó la posibilidad de que la noche derivara en una especie de poltergeist a tiempos inmemoriales y como augurio, el sábado 21 de junio fue el día mundial de la meditación. 

Y se hizo la luz…

Perdimos la noción del tiempo luego de que abrió a las 4:25 de la tarde una banda novel regia. The Crimson Trip levantó excelso el telón con un halo de luz, acompañados de los relajados asistentes que llegaban a tiempos dispersos después de inspeccionar el pueblo mágico y se instalaron en sus mejores áreas para el deleite audiovisual. TheCrimsonTrip dio entrada al marcado estilo stoner que contendría la mayor parte del ambiente del evento. AsÍ, el nombre Jergas Fest comenzaba a rezonar. 

Luego llegó La Maquinaria del Sueño que pisaba el rodeo petrificado desde el DF con mesurada muestra de eclecticismo y una propuesta entre el sonido duro-rudo y experimental, evocando un sonido previo a lo heavy de Mercyful Fate (por decir lo rudo) con un gusto por el virtuosismo en la guitarra (por decir lo experimental). Durante su muestra dejó claro que el sueño fabricado venía del sonido de treinta años atrás, esencialmente en la técnica.

El contundente arribo de la cabra, Spacegoat, una de las bandas regias, hizo su aparición en el Jergas Fest para darle continuidad y agregarle un toque psicodelic trance a la tarde, sin dejar de lado las tonalidades heavymetaleras que requería la hora y el entusiasmo de los que ahí presenciábamos la caída de la luz. Una voz que nunca bajó la intensidad de parte de su vocal/guitar, Gina, proponía con los acordes arraigar su estilo en la memoria de los asistentes.

El Ahorcado de San Luis Potosí continúo con un sonido más denso, ahogante, con su lenta y amedrentadora música de condena. Nos resultó evidente la línea que sigue este trío de tipos que deciden incluir todos los aspectos sin dejar de lado cualquier interés general dentro del doom-metal, ya que viajan de lo arrastrado de guitarras distorsionadas con ritmos lentos y voces que hacen intentos de guturar, hasta muestras melodiosas con ritmos poco más dinámicos y guitarras que acompañan un bajo con pedal de distorsión y voces suaves que hacen mieles de los gustosos del stoner… 

Segunda Parte - Inicia el llamado a Cthulhu 

Los de metal sludge experimental llegaron para reventarnos la cara. La banda Neckless del D.F. trajo residuos experimentales y desechos tóxicos provenientes del jazz donde las líneas melódicas de voz nunca hicieron falta ya que cada elemento a ejecutar de la banda ameritaba un destello propio y se pasaban la estafeta para ocupar el papel protagónico en lapsos breves de tiempo.
Con total libertad, los músicos se explotaron sin prejuicios y deambularon dentro de las extensiones de su instrumento para lograr un perfecto sonido que bien podría haber sido del gusto de cualquier metalero, jazzero y ‘progrerivero’

El Brujo… la llegada de esta banda al rodeo del palenque nos mantuvo en el plan sicodélico que venía muy a bien con la llegada de un lento crepúsculo que mientras desvanecía la luz natural, aumentaba la expectación y el ánimo de los ahí presentes. Una agrupación tan libre y tan compacta como su misma propuesta sonora no encajaría, si los tratamos de encasillar. De pronto parece improvisación lo que hacen, de no ser por una evidente muestra de tiempo en ensayos con remates rotundos, cortes y demás arreglos estructurales en su música que pudieron haber pasado desapercibidos, pero contrastaban con esos pasajes instrumentales que parecían elevarse cual humo de cigarro disfrutando las figuras que lograban ascender para verse cortados por un remate y volver a empezar.

Cthulhu…. Llegaba la hora de encender la luz ambiental del concierto que circulaba como burbuja de jabón. Un ‘concepto’ más que solo un grupo con un tono sideral-lovecraftiano y un tanto ácido, encerrado en esa lucidez (lograda por leds) que hacía las delicias de los ya encaminados en el viaje astral. El instrumental viaje musical fue logrado por melodías que no lo eran, sonidos guturales que no lo eran, arpegios que no lo eran y riffs que no lo fueron ¡nunca! Hubo un esqueleto de percusiones que no dejaban de bailar sin respetar ninguna estructura musical conocida. Todo en Chtulhu parecía provenir de las entrañas de ese esqueleto: el bajo, una disonante guitarra y un instrumento que resultó ser un corno autóctono sin línea melódica que nunca estorbó, al contrario, la banda se dio el lujo de exponerlo como principal y agregó una distorsión eléctrica que daba la impresión de escuchar el canto de un monstruo con tentáculos en su boca, mientras te observaba fijamente alcanzando a rozar tu cara con melodías guturales, todo sin respeto, ¡ni a ti ni a la música!

Llegó el turno de Avatar, sustentado como una bocanada de aire puro, quizá lo más terrenal de la noche y resultó ser un descenso del viaje ácido, con riffs mucho más contundentes y ritmos más estables, nos bajó a la tierra la potente voz de Mr. Guzmán e hizo que a golpe de batería nos despertáramos en medio del misticismo dentro de una fiesta que prometía no acabar. A estas alturas las almas estaban ya poseídas por El Jergas y él, a través de nosotros, disfrutó cada aspecto de la velada. Avatar no se dio cuenta, o confundía el headbanging que lograba en nosotros, con la posesión. Nos mantuvo poseídos. 

Humus es el organismo que se alimenta de la materia orgánica muerta y crea vida a la vez que la culmina. Humus llegó con el susurro a la noche ‘viva’ del Jergas, llegó devorando, abriéndose camino como un moho, se alimentó de ese bienestar, de la camaradería, el buen trato y la juerga del público y las bandas como un ser viviente. Humus se manifestaba y ponía fin a la etapa musical del Jergas para darle vida, no sin dejarnos la esperanza de que resucite al año siguiente. Dicho ritual auditivo nos retribuía regurgitándonos el alma en una improvisación de Gina (de la banda Spacegoat) quien con previo permiso deleitó con su voz, agregándose como un elemento natural más y unió la tesitura de su voz a la danza de la música para el último suspiro. Llevó la inmortalidad con la muerte; muerte en Humus, muerte en el Jergas Fest. La banda se retroalimentó de cada una de las bandas, de la entrega de cada uno de los asistentes, que hizo el viaje desde su ciudad y de la entrega de quienes hicieron posible este llamado ‘evento’ (la palabra le quedó chica).

A las 11:30 de la noche, Humus cerró un festival que resurge de la historia de un pueblo. En ningún otro lugar hemos visto tal ambiente: los asistentes convivían con las bandas cara a cara, no existe registro para prensa o para medios y tampoco hay necesidad de tener una escolta de seguridad. Todo fluye o parte de un estado de consciencia elevado, como seres iluminados que conviven armónicamente. 

Jorge Beltrán, guitarrista de Humus, como todas las demás bandas, agradeció a los organizadores que hicieron posible la realización del evento. A su vez, Hellacopter y el Trasher agradecieron y señalaron la participación de Jorge Beltrán al festival como elemento impulsor del mismo por su trayectoria musical y por el interés de seguir generando vibraciones. 

La iniciativa del Jergas es la propulsión musical y la convivencia longitudinal, prueba de ello es que el Jergas traspasó las barreras de la noche, prolongándose a altas horas de la madrugada por caminos que llevaban a puertas desconocidas, algunas nos guiaron al panteón donde las almas se conjugaron con el espectro de los transeúntes y otros fueron absorbidas por las pesadas puertas de madera, tras las cuales, existíeron diálogos arrebatadores. Nadie supo cómo encontró el camino de regreso. 

La mañana siguiente, el Jergas continuaba manifestándose en el entorno o en los rostros de las personas, como un tatuaje que señalaba “Yo estuve en el Jergas Fest”. Sólo unas buenas gordas de chicharrón y discada, un buen plato de menudo, o algo picante como la noche anterior, sembrarían el renacer, entonces fuimos testigos del efecto en cadena del festival, pues tras el sorbo del caldo, el descorche de una bebida, o los murmullos de los clientes en la fonda o restaurante en el cual te encontraras, se hablaba con éxtasis sobre el festival, y los locatarios, sólo podían afirmar gustosos, que el Jergas significaba ser un aliciente. 

Caminando de regreso al punto de encuentro, frente al Palenque, todo seguía con naturalidad: las bandas y los asistentes interactuaban sin prejuicios, con charlas, intercambiando discos, playeras, pines, o un saludo. Quizá lo único que faltó fue que los organizadores hubiesen armado algo “oficial” para el día siguiente, para que la magia continuara, puesto que fue claro que aun cuando se daban las despedidas, el Jergas no terminó hasta que llegamos de regreso al túnel Ogarrio, esperando el paso para la salida de Real de Catorce… pero fue justo en ese punto cuando comprendimos, con otro set de despedidas de los camaradas, que musicalmente el Jergas duró un día, pero que el adiós al Jergas no existe. 




































 
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